Salvadores y salvados: Ratowanie, de Jacek Leociak

Hoy vamos a abordar otra cuestión también polémica relacionada con la Shoá, que ha dado igualmente lugar a ideas recibidas, lugares comunes, pero que por crucial no podemos pasar superficialmente por ella. Se trata de la relación entre polacos y judíos durante la Shoá y en concreto, nada menos que la pregunta siguiente: ¿en qué medida pudieron o quisieron ayudar los polacos a los judíos? Y en relación con ello, también otra pregunta: ¿cuál fue la actitud de la Iglesia polaca? Las respuestas normalmente se van enseguida hacia un extremo o hacia el otro. Para responder de una manera más ponderada, pero sobre todo para ver el fenómeno con una mayor complejidad a como se suele hacer, nos puede ayudar la lectura del libro Ratowanie (que podríamos traducir literalmente por Rescate, Socorro, Salvamento, pero que si yo editara le pondría un título diferente, como el siguiente: Salvadores y salvados). Este libro fue escrito por Jacek Leociak, prestigioso investigador del Centrum Badań nad Zagłądą Żydów (Centro de Investigación del Holocausto Judío) y publicado en 2010 por Wydawnictwo Literackie, editorial de Cracovia.

Ratowanie

Como dice el autor al comienzo del libro:

El debate público sobre las relaciones polaco-judías durante la guerra –en concreto, sobre el socorro dispensado a los judíos– suele ser bastante candente, pero a menudo ignora la impecable elocuencia de los hechos y elude las fuentes. En el pasado fue objeto de manipulación política, sobreutilización ideológica y simplificación propagandística. En gran medida sigue siendo así hasta hoy en día.

Más adelante añade:

Al discurso polaco sobre la ayuda dispensada a los judíos le amenzan tres demonios: el de la rivalización (en martirología, en desinterés, en nobleza); el de la estadística (el recuento de aquellos que socorrieron y de aquellos que por hacerlo fueron asesinados con el fin de demostrar la tesis de que “cuantos más mejor”); el de la trivialización (porque, sin embargo, el hecho de que se subraye tanto que la ayuda fue masiva pone en tela de juicio el heroísmo de la propia acción). Esto no hace bien ni a los polacos, sobre todo a los polacos Justos entre las Naciones, ni a los judíos. Y tanto los primeros como los segundos se convierten sólo en herramientas de un juego que se desarrolla por encima de sus cabezas.

Y por otro lado señala:

Al hablar de ayuda estamos en una trampa entre la generalización y el detalle. Por un lado usamos grandes cuantificadores (polacos, judíos), nociones generales (heroísmo, miedo, nobleza, vileza), apelamos a la estadística para agarrarnos a las cifras o porcentajes creyendo que nos van a hacer descubrir la verdad. Por otro lado, nos interesa el destino individual, la perspectiva privada, gente concreta, situaciones concretas, circunstancias concretas.

Ratowanie lleva por subtítulo Opowieści Polaków i Żydów (Narraciones de polacos y judíos), lo que nos introduce ya en el enfoque que va a dar Leociak a su investigación. Leociak se adentra en el problema centrándose en la narración que tanto polacos como judíos hicieron de sus experiencias:

El drama del ser humano puesto ante la más alta prueba se encuentra grabado principalmente en los textos: declaraciones, testimonios, memorias, documentos. Mi objetivo básico es reflexionar sobre la manera en que los polacos que socorrieron a los judíos así como los judíos que fueron ayudados por ellos han escrito o bien hablado sobre sus experiencias.

Leociak –como en otras investigaciones suyas– centra su interés en los textos y no tanto en los acontecimientos. Su investigación trata sobre las formas de narrar unos acontecimientos y no tanto sobre los acontecimientos en si. Y precisamente estas narraciones nos muestran que en lugar de hablar en términos de blanco o negro en el discurso sobre la ayuda coexisten dos caras:

El discurso sobre la ayuda tiene dos caras. Una clara: la narración sobre el heroísmo, la dedicación, el altruismo; otra oscura: el miedo ante la traición de los vecinos, el chantaje, la vileza. Las dos caras –la clara y la oscura– constituyen una unidad inseparable. De la historia de los Justos no se puede únicamente destilar la corriente clara.

Queda esto como advertencia a las interpretaciones que solo hablan de heroísmo, pero también a las que solo hablan de vileza.

Y en otro lugar Leociak añade:

No hay simples y unívocas narraciones sobre la ayuda y el ocultamiento. Cada historia se encuentra inserta en un contexto histórico, en una red entretejida de dependencia entre gente, determinada por los rasgos de carácter y el temperamento de los protagonistas, por su posición social y patrimonial, cada narración se desarrolla en una tensión entre el miedo paralizante y la valentía desesperada, entre la codicia, la envidia, la entrega y la dedicación. La situación de amenaza crea una trampa psicológica sin salida. El miedo a largo plazo es una fuerza destructora, la tentación de las ganancias se sobrepone a la nobleza, la honestidad se choca con el desinterés, así como los prejuicios dificultan el entendimiento mutuo, mientras que la total dependencia y la pérdida de confianza rompe los vínculos.

Desde su punto de vista:

El heroísmo no es la norma social y no determina unos obligatorios y universales estándares de comportamiento. No todos quieren ser héroes. No hay heroísmo a gran escala. El heroísmo es una “desviación de la norma”, es una excepción, una contraposición a los instintos de conservación en nombre de unos valores superiores al comportamiento de la propia vida. Si no queremos reconocer esto, se traiciona la memoria de los Justos y los sumergimos en el abismo de la banalidad. El impulso natural de cualquier persona es retirar la mano cuando se encuentra próxima a una llama. Aquellos que tuvieron la valentía de ayudar a los judíos, arriesgando su propia vida y la de sus próximos, consiguieron mantener la mano en la llama sin retirarla.

Y es que para Leociak, las narraciones sobre las acciones de los Justos son en último término un encuentro con cada uno de nosotros mismos:

Miremos una vez más la cara de los Justos. En estas caras se dibuja toda la amarga sabiduría sobre el hombre. Sobre su grandeza y hermosura. Y sobre cómo los valores son frágiles y con qué espantoso esfuerzo hay que defenderlos.

Tras esta introducción, Leociak se centra primero en los testimonios de polacos que ayudaron a judíos. Toma como fuentes algunos testimonios del Instituto Judío de Historia, de Varsovia, así como de la Shoah Fundation, The Institute for Visual History and Education, de la USC de Los Ángeles.

En los testimonios de polacos que se encuentran en el Instituto Judío de Historia Leociak detecta cuatro tipos de narraciones: la más numerosa es la de la ayuda dispensada durante la ocupación al mismo tiempo que la persona que testimonia pide ayuda para si misma debido a que en el momento en el que escribe sufre alguna dificultad (pobreza, enfermedad o ambas cosas); otro tipo son las narraciones “dobles”, esto es, cuando sobre un mismo caso testimonian tanto polacos –pidiendo además ayuda– como judíos, apoyando dicha petición; otro son las de polacos que dan testimonio y que a su vez piden ahora ayuda pero poniendo el acento en el perjuicio que les supuso dar socorro a judíos durante la ocupación; por último, un grupo de testimonios escritos en respuesta al Instituto Judío de Historia, que interpeló a esas personas para que escribieran sobre sus experiencias.

Leociak se centra en los testimonios registrados entre 1945 y 1967, poco antes de que tuviera lugar el éxodo de judíos polacos en marzo de 1968, lo que según él marcó otro tipo de discurso que requiriría un análisis aparte.

El investigador encuentra dos tipos de argumentos en estos testimonios: uno es la descripción de sus propias acciones: cómo salvaron a los judíos, su dedicación a ellos, el riesgo por el que pasaron motivados por un deber ético o bien de forma desinteresada; otro es la descripción de su propio estado de salud y de su situación material en la que se encuentran cuando escriben, todo ello con el fin de convencer a las autoridades a quienes se dirigen (tales como el CKŻP, Comité Central de los Judíos Polacos) para que les ayuden, muchas veces dando como argumento el de “ayuda por ayuda”. Leociak destaca el contraste que muchas veces aparece entre el dramatismo con que se narran las acciones de socorro dispensadas o el estado de pobreza y/o enfermedad en que se encuentran y el formalismo burocrático con el que piden a su vez ayuda:

Para los cánones básicos de una solicitud burocrática es necesaria una motivación. Las peticiones de ayuda por parte de polacos no se alejan de esas reglas. Podemos señalar tres tipos de esquemas argumentativos básicos presentes en los textos analizados. Los enumero según su frecuencia: primero, la llamada de atención hacia el difícil estado material en que se encuentran; segundo, hacia su estado de salud (muchas veces ambas cosas van unidas); tercero, la construcción del argumento “ayuda por ayuda”.

Leociak ofrece varias muestras de dichas peticiones. A modo de ejemplo reproducimos aquí una redactada por una mujer en 1964:

No hay modo de describir todo lo que viví, para ello sería necesario un grueso libro horroroso en su contenido. Hoy puedo decir que soy feliz por tener tras de mí una acción tan bella como la de salvar la vida a cuatro personas de manera totalmente desinteresada.

Ahora soy una mujer mayor, tengo 73 años. Tengo la salud arruinada, el hígado, reumatismo, muy enferma de los nervios. Hace dos años me rompí una pierna, este año la otra, ya no tengo fuerzas, me cuesta reunir mis pensamientos. No tengo medios para vivir, puesto que mi marido falleció hace trece años y no me ha quedado ninguna renta de él porque me casé cuando él tenía 61 años y por eso la renta me fue denegada. Yo misma no tengo ninguna renta. La carestía es pues muy grande, que hasta no puedo ni atenderme a mi misma, pues no puedo ni acarrear agua ni lavar el suelo ni la ropa. Cualquier trabajo es para mi un esfuerzo sobrehumano, por lo que me es muy difícil vivir. Respetuosamente les ruego me concendan una renta para que mi vida sea más llevadera.

Uno de los aspectos más interesantes de los documentos analizados por Leociak es la actitud hacia los judíos expresada por los polacos que testimonian, su visión estereotipada de ellos.

La visión de los judíos que sale a la luz de los testimonios de los polacos acerca de su salvamento en gran medida está llena (aunque hay también significativas excepciones) de estereotipos, reflejo de cierta mentalidad ya consolidada, resistente a los cambios, ni siquiera por la influencia de las dramáticas experiencias de la ocupación. Al contrario, en muchos casos esconder judíos, lo que llevaba consigo un riesgo mortal, parece tan sólo confirmar los prejuicios anteriores. Después de la guerra, el “comportamiento” de los judíos salvados fortalece esos prejuicios. En los autores de los testimonios se forma de esta manera no sólo una fuerte convicción sobre la naturaleza de los judíos, sino también sobre el orden del mundo. Éste se inspira en algunos fundamentos. Los judíos son (por naturaleza) desagradecidos, mientras que nosotros somos desinteresados, nobles, llenos de dignidad y orgullo, inclinados a la abnegación y a pesar de ello (o puede que por eso) nos hacen daño, nos tratan injustamente, nos dejan sin ayuda, en el olvido, engañados.

Leociak enumera y da ejemplos de fragmentos de algunos de estos estereotipos: los judíos como personas desagradecidas (estereotipo dominante) y avaras (puesto que además su desagradecimiento viene de su avaricia); el contraste entre ricos (los judíos salvados) y pobres (los polacos salvadores). Pero por otra parte, ofrece también ejemplos de testimonios de polacos no influidos por esos prejuicios.

Por último, de los testimonios del Instituto Judío de Historia el investigador destaca otra característica dominante en sus narraciones y es la omnipresencia de la denuncia, del chantaje, no sólo a los judíos sino también a aquellos que intentan salvarlos. El discurso sobre la delación, a veces sobre el crimen, aparece claramente como la otra cara del discurso sobre la ayuda.

Además de los testimonios conservados en el Instituto Judío de Historia de polacos que salvaron judíos, Leociak analiza también los testimonios en vídeo de la USC Shoah Foundation for Visual History and Education.

En los testimonios de la colección del archivo de la USC Shoah Foundation escuchamos no una sino tres voces. Nos encontramos ante un triángulo comunicativo. En la punta superior de este triángulo se encuentra la persona que da testimonio (un judío superviviente o también un testigo). Su posición es superior, pero no completamente soberana. Aunque su experiencia es el objeto de su testimonio y su memoria se entrega a la reconstrucción, la narración sola no podría salir a la luz en la forma en la que nos llega sin las dos instancias que forman la base del triángulo comunicativo. Se trata por un lado de la persona que lleva a cabo la entrevista y en segundo lugar de la “institución”, es decir, de la USC Shoah Foundation. La “institución” es un participante activo en todo el proceso, elabora por escrito las reglas sobre la formulación, la temática o el orden de las preguntas, incluso el tipo de comportamiento en momentos concretos de la entrevista. Para la forma y contenido del testimonio obtenido de este modo no es indiferente la misión que la “institución” desea realizar por medio de su actividad educativa y de documentación.

¿Son entonces estos testimonios, en un sentido literal, una colección de testimonios individuales? ¿Estos supervivientes y testigos nos cuentan su historia de forma directa e independiente? ¿Se llega a cristalizar una narración soberana? Quedan interrogantes sobre hasta qué punto quien da testimonio tiene completo control sobre lo que narra, hasta qué punto su narración no se va formando también por factores externos.

En contraste con aquellas cartas conservadas en el Instituto Judío de Historia escritas por gente de las clases populares, a Leociak le interesan los testimonios orales de la USC Shoah Foundation para investigar los tipos de narración de la inteligencja, la capa intelectual polaca, . Dichos tipos de narración poseen unos rasgos generales:

Se trata, primero, del profesionalismo, de la participación en un grupo de especialistas de un determinado campo que tienen un alto nivel de competencia profesional; segundo, de servirse libremente de diferentes modelos de declaración que apelan a una tradición cultural; tercero, de la construcción consciente de la narración autobiográfica, rendida a las exigencias literarias y al cuidado de la estética declarativa.

Analiza primero el testimonio de Krzysztof Dunin-Wąsowicz, historiador, varsovianista, que durante la guerra participó en la lucha clandestina y que posteriormente escribió una monografía sobre la Varsovia ocupada. Para Leociak, Dunin-Wąsowicz lleva a cabo una narración de tipo profesional. En su testimonio se distinguen dos voces: la del conocimiento histórico sobre la época de la ocupación; la de la experiencia personal del propio historiador, que narra lo que vivió o aquello de lo que fue testigo. Pero lo característico de este tipo de narración es que lo personal no ocupa un lugar predominante. Al contrario, el profesionalismo es lo que domina, puesto que además acerca de lo personal, de la ayuda que él mismo dispensó a algunos judíos escondidos, habla de manera reservada, objetiva, tomando una distancia emocional en relación con los hechos. Algo muy característico del testimonio de este historiador es su precisión al citar lugares (nombres de calles, números de las casas, características sociales del barrio) y personas (nombre y apellido de las personas, su origen social, su filiación política, su relación con las organizaciones clandestinas). Por otro lado:

Al profesionalista le caracteriza el cuidado en la formulación de las valoraciones, que van más allá del círculo de la experiencia personal, más allá del círculo privado y que son generalizadoras y hacen referencia a instituciones o grupos sociales. Saliéndose de la situación concreta, el narrador profesional alcanza la generalización. (…)

El profesionalismo (en este caso el del historiador) produce su propia “memoria profesionalizadora”. La narración se desarrolla en una tensión entre la memoria privada y la narración histórica y la necesidad de la objetividad. La perspectiva individual y la mirada subjetiva se encuentran con la perspectiva que va más allá de la unidad y que es susceptible de objetivizar. El terreno de la biografía personal es ampliado a la experiencia colectiva.

Analiza asimismo el testimonio de Stanisław Frybes, originario de Lwów (antigua Galicja) y que al igual que Krzysztof Dunin-Wąsowicz dispensó ayuda a varias familias judías. En el caso de Frybes, profesor emérito de Historia de la Literatura de la Universidad de Varsovia, su testimomio bebe de la tradición cultural de la gawęda, forma de historia oral salpicada de anécdotas, digresiones, bromas, repeticiones y juegos de palabras dirigidos al oyente. Este tipo de narración choca con el rigor con el que el entrevistador de la USC Shoah Foundation desea conducir la entrevista, ya que éste espera siempre respuestas inmediatamente precisas a las preguntas que va haciendo.

Este modo de narración lleva consigo también cierta visión del mundo, expresada claramente en el mensaje formulado al final de la entrevista. Se trata de la tradición de la Polonia plurinacional, abierta y tolerante, así como de la comunidad de naciones y religiones de Galicja. (…)

En su narración Frybes pone el acento en la tradición familiar, de cultura regional, en la que nació y se crió. Su patria la constituía la “comunidad galiciana de naciones y religiones”. Por la casa familiar pasaban y volvían a pasar católicos, judíos, greco-católicos. Uno de sus abuelos era médico, otro jurista, ambos hablaban polaco, alemán, ucraniano y yidish, “porque así era su clientela”. Esta herencia familiar formó su actitud hacia los judíos. A esta tradición responde también la forma de hablar: el estilo de la gawęda.

El investigador analiza por último la entrevista a Jerzy Koźmiński, quien junto con su padre y madrastra, ocultó a a catorce judíos procedentes del gueto de Varsovia. El modo de narrar de Koźmiński lo caracteriza Leociak como “novelado”. Nos encontramos en este caso con una persona que al testimoniar hace gala de un gran rigor compositivo y hasta dramatúrgico, al hablar cuida las pausas y la entonación, dramatiza la narración con diálogos, utiliza una lengua entre oral y escrita, con palabras rebuscadas, y hace también alusiones literarias.

La forma novelada evidencia que la vida objeto de narración se muestra aquí como una construcción creada conscientemente, inscrita en la tradición literaria. La biografía es tratada como texto, y durante la narración el “yo” está sujeto a creación. Este tipo de narración sobre las propias experiencias del pasado parece inscribirse en una propiedad característica del discurso de la inteligencja: se trata no sólo de la consciencia de la propia individualidad, sino también de las formas de expresión, adaptadas a la comunicación con el mundo y a la autopresentación.

Dejando ahora los testimonios de la USC Shoah Foundation y volviendo a los testimonios “dobles”, esto es, aquellos casos que registraron tanto polacos como judíos sobre unos mismos hechos, Leociak dedica un capítulo entero de su libro a examinar los diferentes testimonios -sus diferentes formas de narrar- que hacen referencia a la ayuda dispensada en dos casos diferentes por dos familias polacas. Ambas familias provenían del mismo rincón de Polonia y tenían el mismo apellido, pero no se conocían ni tenían nada que ver entre sí.

Muchas cosas –casi todo– separan a las dos familias Krzyczkowscy [forma en plural del apellido Krzyczkowski], sobre las cuales quiero aquí hablar: el estatus social, la mentalidad, las vicisitudes del destino. (…) Hay algo sin embargo que por encima de todas estas diferencias los une: la ayuda para salvar vidas humanas poniendo en riesgo la suya propia.

El primer caso es el de Zdzisław y Halina Krzyczkowscy, que entre junio de 1943 y agosto de 1944 escondieron en el trastero de su piso en Varsovia a cinco judíos que se habían escapado de un tren que les transportaba a Majdanek y habían conseguido volver a la capital. Este caso atrae la atención de Leociak porque es muy rico en fuentes: documentos, certificados, artículos enciclopédicos, cartas, testimonios y memorias.

Sobre Zdzisław y Halina Krzyczkowscy existe, por un lado, un artículo en la enciclopedia de los Justos entre las Naciones publicada por Yad Vashem. Sin embargo, ya entre esta versión y su posterior traducción al polaco, Leociak observa algunas diferencias, en un intento, según el investigador, de la versión en polaco de alejarse de la retórica noble de la original y de ajustarse más a la realidad. Un ejemplo –entre otros– de ello es la referencia al dinero. Según la versión inglesa la familia Krzyczkowski ofreció refugio “without asking for anything in return”, subrayando así su actitud noble, desinteresada. En la versión polaca, sin embargo, esta frase fue omitida.

El reconocimiento de este matrimonio como Justos entre las Naciones tuvo su origen en otro documento: una carta que uno de los supervivientes, Marian Berland, que vivía en esos momentos en Israel, dirigió en 1987 a Yad Vashem. En ella explicaba su caso pero también la ayuda que ya en la posguerra el grupo de supervivientes había dispensado al matrimonio polaco, así como la situación difícil en que se encontraba dicho matrimonio en el momento de escribir la carta, por lo que pedía reconocimiento y  ayuda para ellos. De hecho, días antes de escribirla Berland había recibido una carta de Halina Krzyczkowska pidiéndole ayuda en términos muy dramáticos, en un tono muy parecido al de los ejemplos que hemos visto anteriormente de cartas dirigidas al Instituto Judío de Historia.

Sin embargo, entre la carta de Marian Berland a Yad Vashem de 1987 y las notas que este mismo superviviente escribió mientras se escondía y que luego refundió en unas memorias (publicadas en Israel en 1958 y en Polonia en 1992, años después de su muerte) encuentra Leociak grandes diferencias en la forma de presentar a Zdzisław y Halina Krzyczkowscy y la relación que mantuvieron los cinco escondidos con ellos.

Resulta chocante la diferencia de tono en el que Berland habla sobre sus salvadores. El Zdzisio y la Halina de los tiempos de guerra no recuerdan en apenas nada a los de la carta que dio lugar a que se pusiera en marcha el procedimiento de reconocimiento del matrimonio como Justos entre las Naciones. (…)

El retrato de los Krzyczkowscy es esbozado con maestría [en las memorias]. Berland tiene una pluma afilada, incluso teñida de humor, no rehúye la ironía, pero muestra también mucha comprensión hacia ellos. Es un penetrante observador de la vida cotidiana, por lo que anota numerosos detalles diarios. Su descripción de la relación entre Zdzisio y Halinka así como con las cinco personas a quienes tenían bajo su cuidado constituye un sorprendente esbozo para un estudio psicológico de la experiencia de esconderse y ser un escondido en la Varsovia de la ocupación.

El contraste, por otra parte, entre los protectores y los escondidos no podía ser mayor. Zdzisio y Halina eran personas del ambiente de la marginalidad. La mentalidad, el nivel intelectual, el lugar que ocupaban en la jerarquía social y que la guerra había roto completamente… todo diferenciaba a los escondidos de sus anfitriones.

En la carta de 1987 Berland subraya que los Krzyczkowscy “nunca a lo largo de aquel periodo nos dieron ningún motivo de temor por su parte de que nos fueran a denunciar o echar a la calle”. (…) En las memorias escritas en caliente no solo da ejemplos de los engaños de Halina (“Desde hace meses nos engaña descaradamente y nos roba con el peso de los productos que compran”), sino que también escribe sobre sus quejas acerca de lo penoso que era tener inquilinos y sobre cómo Halina instigaba a Zdzisio para que se librara de ellos. “Estamos completamente muertos de miedo. Tanto Zdzisio como Halina no nos dan un momento de paz ni de respiro. (…) La única medicina, el único modo de comprarnos un momento de paz, (…) es mantener sin pausa abierta la bolsa, sacar continuamente de ella y dar, dar, pagar todo el tiempo por cada aliento (…)”. Los Krzyczowscy repetidas veces les chantajearon con que venderían el piso y les abandonarían dentro de él.

La escena más dramática es el registro personal al que se vieron sometidos las cinco personas que se escondían. Halina azuza a Zdzisio recordándole que mientras otros se enriquecen “manteniendo a judíos”, ellos no obtienen nada (…) Los Krzyczowscy registran escrupulosamente a sus protegidos, pero no encuentran nada de lo que esperan: “una gran propiedad”.

Por otro lado, otro testimonio nos da una visión similar sobre el caso. En la entrevista que Maria Berland, mujer de Marian Berland, ofreció a la USC Shoah Foundation en el año 1996 se habla en realidad poco sobre la estancia en el piso, pero de forma muy expresiva:

Estuvimos allí en aquella casa, pero fueron tiempos terriblemente malos. Era gente marginal, vivimos en su piso cosas horribles. Una vez que invitaron a su casa a una amiga suya, llegaron a encerrarnos durante dos días en aquel escondite, sin agua, sin baño, así nos tuvieron. Una gente horrible. Hacían todo aquello no por maldad, era gente marginal, pensaban que podíamos vivir de aquella manera. (…) Pasábamos hambre allí, pero no teníamos por qué pasarla, pues teníamos suficiente [dinero], él se gastaba el dinero en alcohol, ella por cada cosa nos hacía pagar varias veces más su precio.

Este testimonio no fue dado en caliente, sino más de cuarenta años después de los hechos y más de diez desde que al matrimonio le fuera concedido el reconocimiento como Justos entre las Naciones. ¿Qué motivó pues que Marian Berland escribiera aquella carta a Yad Vashem en la que nada se explayaba sobre la relación entre anfitriones y escondidos? Sin duda, aventura Leociak, el reconocimiento de que a pesar de todo salvaron la vida gracias a ellos.

A pesar del abismo que separa a estos dos textos [las memorias y la carta], Berland, cuando escribe a Yad Vashem tiene una razón fundamental: los Krzyczkowscy salvaron la vida a los cinco judíos que escondieron en su casa.

Vamos a ver ahora el caso de los otros Krzyczkowscy: Eugenia (madre), Barbara y Czesław (hijos de Eugenia), que se ocupaban de una granja que se encontraba fuera de los límites del Gobierno General. A aquella granja fueron a parar las hermanas Chana y Chaja Ajzenfisz (de trece y nueve años respectivamente), que habían huido del gueto de Varsovia y cuyos padres seguramente habían desaparecido durante la primera gran deportación del verano de 1942. Las niñas habían huido del gueto y salido fuera de Varsovia. Vagabundeando durante dos semanas por el campo, mientras se les permitía pasar la noche en establos pero no quedarse por más tiempo, llegaron a la granja de los Krzyczkowscy. Eugenia inmediatamente les dijo que no tenían que seguir vagabundeando y que podían quedarse en su casa.

Las niñas, que los Krzyczkowscy decidieron acoger, no tenían “buen aspecto” [esto es, no parecían arias] y hablaban con un marcado acento. Comían, dormían y hacían vida en la casa, tratadas como parte de la familia. Así fueron por lo demás presentadas a los vecinos, como hijas de parientes lejanos. El padre de Czesław consiguió que el alcalde de la aldea –conocido suyo– las empadronara. Separaron a las hermanas por seguridad, pero también porque era difícil mantener en aquella época a dos a la vez. Chana, la mayor, se quedó en la casa de Eugenia y sus hijos. Allí fue empadronada con el nombre de Hanna Walaśkiewicz. Chaja, la pequeña, al cabo de una o dos semanas fue acogida por la cuñada de Eugenia, la señora Zakrzewska, que vivía también por aquel lugar. Chana ayudaba en los trabajos domésticos, jugaba con los niños de los alrededores, se veía con su hermana. Así sobrevivieron hasta el otoño de 1944, cuando se fue acercando el frente y los habitantes fueron trasladados a la retaguardia. Al acabar la guerra volvieron todos a la granja y en aquel momento llegó la llamada de las organizaciones judías que buscaban a los niños escondidos en casas y conventos.

En 2008 Leociak entrevistó a Czesław Krzyczkowski:

Me contó todo el caso de manera lacónica, mediante palabras corrientes, pero que llevaban una gran emoción. Pues aunque se interponía el olvido, aunque en el relato muchas veces le ayudaba su mujer, sin embargo no consiguió ocultar su emoción. Un hecho me reveló un detalle importante. Czesław Krzyczkowski volvió a él varias veces: “Toda la aldea sabía que eran judías. Y nosotros sabíamos que ellos lo sabían –dijo. Pero no teníamos miedo, porque en la aldea teníamos buenos vecinos. Chana precisamente no se escondía, no había ningún escondite. Porque en la aldea vivíamos bien y por eso no teníamos miedo. Confiábamos en los vecinos. Era impensable que alguien fuera a denunciarnos”.

Leociak destaca del testimonio de Czesław Krzyczkowski la sencillez con la que relata el caso, como si ayudar a otras personas en aquellas circunstancias hubiera sido lo más natural del mundo.

Calla por un momento y después añade: “Sí, aunque después de todo aquello fue todo un asunto”.

Y efectivamente, aunque no lo menciona había en todo aquello una cara oscura, la misma que estaba presente en cada caso de ayuda. Como señala Leociak, los polacos que no fueron trasladados al Gobierno General y permanecieron en los territorios anexionados al Reich se encontraban en una situación especialmente dura. Además, como en el Gobierno General, existía la pena de muerte por ayudar a judíos y por otro lado se ofrecía una recompensa a quien denunciara a quienes dispensaran socorro. Y si no era la denuncia, existía también la amenaza de chantaje por parte de algún szmalcownik.

Además de los casos de ayuda en Varsovia o en aldeas Jacek Leociak trata en su libro de la ayuda dispensada en conventos. Encuentra también la ocasión para investigar sobre el papel de la Iglesia polaca, su actitud y su discurso antes y durante la guerra con respecto a los judíos y cómo este discurso influyó enormemente en la actitud de muchos polacos ante la situación en que se encontraron los judíos durante la guerra. Es este quizás uno de los aspectos más interesantes de su investigación.

Bien arraigada en la conciencia social se encuentra la ayuda que dispensó la Iglesia católica, sobre todo la dispensada a niños judíos por las congregaciones de monjas y conventos. (…) Los trabajos [sobre el tema], escritos a menudo desde posiciones apologéticas, omiten la referencia a las fuentes o bien se refieren a fuentes elaboradas mucho más tarde. Las discusiones muchas veces se presentan como recuento estadístico. Domina, como en todo el discurso sobre la ayuda, el tranquilizamiento de nuestra conciencia y la confirmación de cómo los polacos cumplimos nuestro deber.

Leociak se retrotrae a fuentes más lejanas, a textos de los años treinta, no solamente, pues, a los de los años de la ocupación, escritos desde posiciones católicas y que reflejan el discurso y el ambiente de aquella época. Dichos textos eran publicados habitualmente en la prensa católica:

Hoy la lectura de estos textos, después del concilio Vaticano II, después del pontificado de Juan Pablo II y de su especial papel en el diálogo crisitiano con los judíos y el judaísmo, sorprende. Sin embargo, en aquella época ese lenguaje era en general aceptado, doctrinalmente no despertaba ninguna duda, era natural, claro y entendido.

Por un lado estaba presente la idea de la conversión, de intentar convertir a los judíos, una idea muy arraigada en la tradición católica, pero que al mismo tiempo se presagiaba que no tendría éxito.

Se ponía en duda no sólo la sinceridad de las posibles conversiones, sino también la eficacia de esta forma de resolver la “cuestión judía” (…) No creer en la sinceridad de las conversiones era el principal motivo de escepticismo de la eficacia de este camino.

Pero, según el investigador, quien expresó con mayor claridad la actitud ante las conversiones fue una de las más reconocidas escritoras de la prensa católica: Zofia Kossak. En un artículo publicado en el año 36, dicha autora afirmó que la cuestión judía no tenía carácter religioso sino únicamente racial, nacional y económico. Resumiendo las tesis de Zofia Kossak, escribe Leociak:

[A los judíos] no va a perjudicarles convertirse en buenos católicos. Pero sin embargo la visión de una conversión general de los judíos no sólo es poco realista sino que en realidad es una amenaza. ¿Qué pasaría si se produjera un milagro y “todos los judíos se hicieran católicos y todas las sinagogas se convirtieran en iglesias”? El problema con los judíos seguiría existiendo. Porque no es una cuestión de fe sino de raza. “Los judíos nos resultan tan horriblemente extraños, extraños y desagradables, porque son de otra raza” (…) Los judíos son “más listos, más emprendedores, más firmes”, el boicot económico contra ellos no da ningún resultado. ¿La Polonia católica se encuentra pues en una situación sin salida? La “cuestión judía” es una cuestión de la comunidad de naciones, de toda Europa y no de un único país. Había que encontrar una solución que permitiera a los polacos mantener su identidad nacional sin causar perjuicios al prójimo. Esta solución era la emigración.

La emigración fue pues otra alternativa que se planteó, en realidad la más a menudo sugerida en la prensa católica. Sin embargo, nunca se defendió –ni siquiera las voces más extremistas lo hicieron– la emigración mediante la coherción física o la violencia sino mediante una acción planeada en las esferas económica y legislativa, esto es, mediante el boicot.

Llegada la ocupación, el discurso católico de los años treinta se perpetuó:

Ser testigos de la realización de las siguientes etapas de la “solución final”, desde la exterminación indirecta en los guetos a la directa durante las ejecuciones en masa y en los campos, no quebrató sus puntos de vista. Se repite también el mismo motivo que antes de la guerra: aprobación de los objetivos, condenación de los métodos.

En un informe eclesiástico anónimo y clandestino entregado al gobierno de Londres en julio de 1941 y que ofrece una visión de la Polonia del futuro se puede leer:

En cuanto a la cuestión judía hay que considerarla como una intervención de la Providencia Divina que los alemanes, pese a todo el daño que han hecho y están haciendo a nuestro país lo que sí han empezado bien es que han mostrado la posibilidad de que la sociedad polaca se libre de la plaga judía y nos han señalado el camino que menos brutalmente por supuesto pero consecuentemente es necesario seguir. Es una clara voluntad divina que los propios ocupantes hayan levantado la mano para resolver esta cuestión tan candente, porque la propia nación polaca blanda y asistemática nunca hubiera conseguido dar estos pasos enérgicos, imprescindibles en este asunto.

Sobre la representividad de los puntos de vista de este informe comenta Leociak:

Recordemos que el citado documento es sólo un informe sobre las opiniones, valoraciones y puntos de vista que dominaban en los medios católicos y el autor apela a un determinado espacio de la conciencia social, sobre él construye sus concepciones, como vemos de por si no muy originales. Opiniones muy parecidas y formulaciones idénticas encontramos en otros textos del periodo de la ocupación, así como artículos cuyos autores eran personajes conocidos por todos y que representaban a destacadas organizaciones clandestinas y también notas personales: diarios o memorias escritos en el momento.

Pero la condenación de los métodos llevados a cabo por los ocupantes tuvo su máxima expresión en un manifiesto redactado por Zofia Kossak en el momento en que tenía lugar la primera gran deportación de los judíos del gueto de Varsovia. Dicho manifiesto, titulado Protest!, fue repartido en forma de folleto en Varsovia en agosto de 1942 y fue también presentado al papa Pío XII por un enviado especial del gobierno en el exilio el 2 de enero de 1943 como la voz de los polacos católicos. Lo reproducimos, por su interés, aquí:

¡Protesta!

En el gueto de Varsovia, detrás del muro que los separa del mundo, algunas centenas de miles de condenados esperan la muerte. No existe para ellos ninguna esperanza de socorro, ni llega ayuda de ningún lado. Los torturadores recorren las calles disparando a cualquiera que se atreva a salir de su casa. Los mismos disparos se dirigen a cualquiera que permanezca de pie ante la ventana. En la acera yacen cadáveres sin enterrar.

Cada día el número de víctimas asciende a 8-10 mil. Los policías judíos están obligados a entregarlos a manos de los verdugos alemanes. Si no lo hacen mueren ellos mismos. Los niños que no pueden ir  por sus propias fuerzas son transportados en carros. La carga se lleva a cabo de forma tan brutal que pocos llegan vivos a la rampa. Las madres mirando esto pierden la razón. El número de dementes por la desesperación y el horror iguala al número de personas muertas por bala.

En la rampa esperan los trenes. Los verdugos empujan adentro a más de 150 personas por vagón. En el suelo hay una gruesa capa de cal y de cloro del agua vertida. Las puertas de los vagones se sellan. A veces el tren se pone en marcha una vez cargado, otras veces permanece en la vía durante un día, dos… Eso ya no tiene para nadie ninguna importancia. La gente está tan estrechamente apretada que los muertos no caen sino que siguen permaneciendo de pie apoyados en los vivos, la gente agonizante en los vapores de la cal y  el cloro se encuentra desprovista de aire, de agua, de alimento, y así nadie queda con vida. Adondequiera y cuandoquiera vayan estos vagones, sólo llevan cadáveres…

Ante este sufrimiento la liberación sería una temprana muerte. Los torturadores lo han previsto. Todas las farmacias del gueto fueron cerrradas para que no les llegaran suministros de veneno. Armas no hay. Lo único que queda es lanzarse por la ventana al empedrado. Así también muchos condenados evitan a sus verdugos.

Lo mismo que en el gueto de Varsovia sucede desde hace medio año en cien pequeños y grandes pueblos y ciudades de Polonia. El número de judíos asesinados alcanza ya el millón y la cifra aumenta cada día. Mueren todos. Ricos y pobres, ancianos, mujeres, hombres, jóvenes, bebés, creyentes católicos en el nombre de Jesús y María, así como creyentes en el judaísmo. Todos saben que aquel que haya nacido en la nación judía está condenado por Hitler.

El mundo mira este crimen, el más horrible que haya visto la Historia, y calla. La masacre de millones de indefensos se lleva a cabo entre un general, espantoso silencio. Callan los verdugos, no se jactan de lo que hacen. No levantan la voz Inglaterra ni América, callan incluso los judíos internacionalmente influyentes, ya desde hace tiempo susceptibles por cada daño infligido contra los suyos. Callan también los polacos. Los polacos que son amigos políticos de los judíos se limitan a escribir notas en sus diarios; los que son enemigos políticos muestran falta de interés por un asunto ajeno a ellos. Los judíos agonizantes se encuentran rodeados por aquellos que se lavan las manos como Pilato.

No se puede seguir tolerando este silencio. Cualesquiera que sean los motivos, esto es vil. Ante el asesinato no se puede permanecer pasivo. Quien calla ante el asesinato se convierte en colaborador del asesino. Quien no condena, tolera.

Levantamos por ello la voz nosotros, polacos católicos. Nuestro punto de vista hacia los judíos no ha sufrido cambios. No dejamos de considerarlos los enemigos políticos, económicos, ideológicos de Polonia. Es más, nos damos cuenta de que nos odian más que los propios alemanes, que nos consideran responsables de su desgracia. Por qué, en base a qué, esto sigue siendo un secreto del alma judía, pese a ello es un hecho continuamente comprobado. La consciencia de este sentimiento no nos libra sin embargo de la obligación de condenar este crimen.

No queremos ser Poncio Pilato. No tenemos posibilidad de actuar contra los asesinos alemanes, no podemos hacer nada, salvar a nadie pero protestamos desde el fondo de nuestro corazón lleno de piedad, conmoción y amenaza. Esta protesta nos la exige Dios, Dios que prohibe matar. Nos la exige nuestra conciencia cristiana. Cada ser humano es un hombre y tiene derecho al amor del prójimo. La sangre de los indefensos clama la venganza del cielo. Quien de entre nosotros no apoye esta protesta no es católico.

Protestamos asimismo como polacos. No creemos en que Polonia pueda sacar provecho de la crueldad alemana. Al contrario. En el obstinado silencio del judaísmo internacional, en las acciones de la propaganda alemana que intentan lanzar el odio por las masacres de judíos a lituanos y… a polacos presentimos una planeada operación enemiga contra nosotros. Sabemos también lo venenoso que es el caldo de cultivo del crimen. La participación forzosa de la nación polaca en el sangriento espectáculo puede fácilmente educar en la indiferencia ante el daño, el sadismo y sobre todo la terrible convicción de que se puede matar impunemente al prójimo.

Quien no comprenda esto, quien al futuro orgulloso y libre se atreva a relacionar la vil alegría con la desgracia del prójimo, ¡no es por ello ni polaco ni católico!

FRENTE POR EL RENACER DE POLONIA

Este manifiesto tuvo su repercusión. El 14 de diciembre de 1942 el obispo Karol Mieczysław Radoński, exiliado en Londres, se unía a la condena expresada en Protest! mediante una alocución en la BBC. Fue el único obispo que expresó su condena públicamente.

Pero la siguiente etapa del gueto de Varsovia –la insurrección y la liquidación del gueto– hizo que la propia Zofia Kossak, en un artículo publicado en mayo de 1943, sin dejar de criticar o de utilizar estereotipos sobre los judíos, pasara de condenar los crímenes a lanzar una llamada para organizar una operación de salvación (eso sí, tanto material como espiritual y esto último mediante la conversión). En un fragmento de dicho artículo dice lo siguiente:

Decenas de miles de judíos fueron pasivos a las cámaras de gas o se dejaron disparar, aplastándose vilmente ante el enemigo. Y he aquí que esta misma nación judía agarra un arma. Esta misma nación lucha heróicamente. ¿Qué ha provocado este cambio?… No se sabe. Pero los hechos son los hechos: los judíos luchan. No luchan por la vida, puesto que su lucha contra los alemanes es desigual y sin esperanza, sino por el valor de la vida. No para salvarse de la muerte sino por el tipo de muerte. Para morir como la gente, no como bichos. Por primera vez en dieciocho siglos han vuelto en sí de la degradación. (…) Nosotros, católicos, comprendiendo la importancia de estos sucesos, oyendo los gemidos de los asesinados, mirando el resplandor del incendio, no podemos quedarnos pasivos. Nuestra obligación es ayudar a los judíos perseguidos, sin fijarnos en si tienen que recompensarnos por ello ahora o en el futuro. Esta ayuda no puede limitarse al socorro material. Al mismo tiempo hay que dispensar ayuda espiritual. Oración por los agonizantes, haciéndoles conscientes de que del sufrimiento actual puede resultar una gran pila de sacrificio que acelere el renacer, que quite a la nación otrora elegida el anatema que pesa sobre ella. Enseñar a los judíos que con la fuerza del deseo pueden salvarse a la hora de la muerte, anhelando el bautismo y la verdadera fe.

La conversión, vista con escepticimso antes de la guerra, se veía en esta situación trágica como una oportunidad. Por otra parte, la ayuda material a la que hace mención Zofia Kossak sí dio lugar a algo concreto y que dispensó un gran socorro a los judíos polacos. El Frente por el Renacer de Polonia (del que Kossak era uno de sus dirigentes) junto con otras organizaciones clandestinas como el servicio de información y propaganda del Ejército Nacional (AK) o la Organización Democrática Polaca promovieron la creación, ya en otoño del 42, de un comité de ayuda que dio lugar a finales de ese mismo año a la famosa organización clandestina de ayuda “Żegota”. Zofia Kossak acabó así convirtiéndose finalmente en uno de los personajes de la lucha clandestina que más comprometidos estuvieron en la ayuda material a los judíos. Detenida por la Gestapo debido a esas actividades, fue enviada a Auschwitz en 1943 y posteriormente, en 1944, trasladada a la cárcel Pawiak de Varsovia, donde fue condenada a muerte, pero finalmente liberada. Después de la guerra recibió, como otros miembros de Żegota, el reconocimiento de Justa entre las Naciones por su labor.

Examinando ahora la cuestión de la ayuda dispensada por los conventos, es sabido una buena parte de ella estuvo dirigida al rescate de niños. Al dispensarla surgía el dilema moral de bautizar o no a esos niños rescatados y por la parte judía la de aceptar o no dicha ayuda si también implicaba la pérdida de la identidad religiosa de los niños que entregaban para que salvaran su vida. Sobre el debate que suscitó en la comunidad judía dio cuenta el historiador Emanuel Ringelblum, tanto en su diario como en su libro Relaciones polaco judías durante la Segunda Guerra Mundial, obra escrita en la clandestinidad durante la ocupación (inédita todavía en español).

Pero Jacek Leociak examina principalmente los tipos de memoria y las formas en que registraron sus experiencias algunos supervivientes que fueron escondidos en conventos cuando eran jóvenes o ya estaban en edad adulta. Busca en ellos algunos motivos comunes y encuentra uno que se repite y que algunos experimentan de manera momentánea y otros de forma más duradera y profunda: el silencio, la paz, la bondad y la amabilidad con que se encuentran por fin estas personas tras su huida y los diferentes avatares que tuvieron que vivir.

En uno de los numerosos ejemplos que ofrece Leociak, Zofia Szymańska, pediatra, que había huido del gueto de Varsovia durante la operación de deportación de verano de 1942, evocaba bastantes años después, poco antes de su muerte en 1978:

Era ya oscuro cuando llegamos a la casa en la calle Kazimierzowska (…). En la noche silenciosa  sonó una voz que ahora escucho muy claramente como si fuera hoy mismo: «La estábamos esperando, Dios no nos abandona». Los brazos calurosos de la hermana Wanda Garczyńska me rodean, me abrazan. Siento una inefable paz. ¿Es el paraíso? (…) Tras el tumulto del gueto, tras los gemidos, los lamentos (…) tras los desgarradores gritos de las madres arrancadas de sus hijos, de los niños que buscaban a sus padres, tras el grito raus! alle raus!, me encontraba en un silencio cautivador hasta el dolor.

Otro de los motivos que suelen recorrer los testimonios es el de la reflexión –con posturas muy diversas– acerca de la religión, de Dios, así como de la Iglesia como institución. Las viviencias van desde la desilusión ante la vida religiosa que presencian hasta el efecto contrario –la conversión–, maravillados por ella.

En un extremo podríamos situar a Krystyna Modrzewska, quien como católica [se había convertido antes de la guerra cuando estudiaba en Italia] reconoce una profunda desilusión ante la aburrida cotidianeidad católica, la devoción en lugar de la vivencia espiritual, el trato instrumentalizado de los fieles; en el otro extremo está la autobiografía de Oswald Rufeisen, quien en el convento de las hermanas de la Resurrección en Mir experimenta fervientemente su conversión. Entre estos dos extremos encontramos testimonios plenos de simpatía y agradecimiento, pero también de distancia acentuada, actitudes benévolas, neutrales o críticas.

Sobre el socorro dispensado por católicos polacos, Jacek Leociak concluye:

El fenómeno de la ayuda que en la época de la ocupación dispensaron los católicos (tanto laicos como religiosos) a los judíos no hay modo de aprehenderlo ni de comprender concentrándose únicamente en la descripción de algunos casos. (…) Se enfrentaban no solamente a la amenaza de pena de muerte para si mismos y sus allegados por extender la mano a los judíos perseguidos. Tenían que ir no sólo en contra de las normas de seguridad que en la época de la ocupación regían, así como de no poner en peligro a su propia comunidad ante la represión. Había en estas actividades algo más que dejaba ver la profundidad de su heroísmo. Al ayudar a los judíos se arriesgaban a sufrir un conflicto de conciencia: seguir el mandamiento del amor incondicional al prójimo, saltándose la enseñanza de la Iglesia Católica anterior al Concilio d Vaticano II que consideraba a los judíos como extraños, enemigos que amenzaban el alma de la nación polaca.

(…) Nos hemos acostumbrado a escribir y a hablar sobre los Justos, principalmente sobre aquellos relacionados con las instituciones eclesiásticas o que declaraban su catolicismo refiriéndonos tanto a nuestro lenguaje común, formado tras el Holocausto, como a la enseñanza de la Iglesia Católica posterior al Concilio Vaticano II. Pero dar una perspectiva actual a aquella época, a aquello ante lo que se tenía que elegir o a aquellos dilemas morales nos oculta la verdad esencial sobre la gente sobre la que aquí he hablado. Se distinguieron por su heroísmo, pero tenían, a mi parecer, todavía algo más. Se atrevieron a traspasar los marcos moral y doctrinal del mundo en el que les tocó vivir, en el que fueron educados y que era para ellos lo natural y claro. El impulso para correr a ayudar a otro ser humano se mostró más fuerte que los estereotipos nacional y religioso. Ellos, con sus acciones, enterraron este abismo (…). Y sin embargo les hubiera sido tan fácil justificar su pasividad sometiéndose a las reglas que parecían llevar consigo las sanciones de las autoridades más altas…

Leociak dedica, por último, en su libro un capítulo a lo que él llama altruistas, aquellos polacos que ayudaron de manera espontánea y completamente desinteresada. Se pregunta qué les llevó a traspasar diferentes barreras para tender su mano de socorro: por un lado, una barrera variable en cada caso, las posibles diferencias culturales, religiosas, sociales, de costumbres, incluso étnicas (tener un aspecto no ario), que podían resultar en un mayor riesgo; por otro, la prohibición y castigo con la máxima pena establecidos por los ocupantes; por último, algo que no se tiene siempre en consideración al hablar sobre este tema, la propia desaprobación social del acto de ayudar:

El altruista actuaba en un entorno vecinal hostil o sin voluntad de prestar ayuda y la valoración social de su actuación era en el mejor de los casos ambigua y llena de reserva; en el peor, condenatoria.

Dicha desaprobación social podía llegar a prolongarse después de la guerra cuando los vecinos se enteraban de que alguien les había puesto en peligro por esconder a judíos en la misma aldea o en el mismo edificio, si se trataba de una ciudad, en el que habían vivido.

Pero para el investigador, lo que motivaba dicho altruismo era la gran capacidad de empatía de esas personas para con el sufrimiento ajeno. Así lo expresan, además, los propios altruistas en los testimonios que Leociak ha examinado, aunque muchos, según el investigador, nunca llegaron a dar testimonio ellos mismos.

Me he limitado a resumir en esta entrada del blog esta investigación de Jacek Leociak explayándome, a decir verdad, más sobre algunos capítulos que sobre otros. Las respuestas que puede darnos a las preguntas iniciales acerca de cuál fue la actitud de los polacos o de la Iglesia católica polaca hacia los judíos sin duda no convencerán a quienes sin matices las condenan o las alaban de entrada, pero sí pueden dar más fundamento a quienes siempre consideran necesario matizarlas o ponderarlas. Y es que gracias a los ejemplos y reflexiones que aporta en su libro podemos tomar consciencia de que las historias de salvadores y salvados se mueven continuamente entre dos polos, presentan dos caras: el heroísmo de los salvadores por sortear las imposiciones y castigos del ocupante, pero al mismo tiempo por sortear las convenciones y actitudes de la sociedad en la que viven o de la comunidad religiosa (la Iglesia católica) a la que pertenecen. Esto último es importante tenerlo en consideración para, por una parte, no omitir la existencia de dichas convenciones y actitudes para así proclamar únicamente el heroísmo apoyándose en la estadística (“Polonia es la nación con el mayor número de Justos entre las Naciones”, se suele decir), pero al mismo tiempo para, por otra parte, no condenar de golpe a toda esa sociedad y comunidad religiosa (“Polonia / La Iglesia católica polaca colaboró / permaneció pasiva ante los crímenes del nazismo”, se suele oír también).

Otra de las aportaciones de Leociak con esta investigación es que nos hace también tomar consciencia de la complejidad del hecho de dar testimonio, de transmitir la memoria, que adopta diferentes formas –incluso, como hemos visto, en la misma persona– dependiendo de las circunstancias, del momento en que lo hace, pero también de su bagaje cultural (pero cultural en un sentido amplio, como la forma de representación de la realidad mediante la cual interactuamos cada uno de nosotros con dicha realidad).

A fin de cuentas este modesto blog no es más que un reflejo de eso mismo, de las distintas voces que conforman la memoria, como pueden ser la evocación introspectiva de las memorias de Michał Głowiński, la más poética de Magda Hollander-Lafon y de Halina Birenbaum, la ficción narrativa de las novelas de Anna Langfus, la crónica desesperada del diario de Maryla durante el fragor del levantamiento del gueto de Varsovia.

Me gustaría todavía completar el tema de esta entrada con una entrevista que Leociak concedió a telewizjaliteracka.pl y que tengo la intención de subtitular al español. Pero para ello habrá que esperar un poco… Pero merecerá la pena verla para constatar que la llama del espíritu ringelblumiano sigue viva en la voz de este apasionado historiador del gueto de Varsovia. Que esta última frase sirva de guiño y reconocimiento a Beatriz Martínez de Murguía, otra apasionada historiadora del gueto de Varsovia 🙂

(Los fragmentos incluidos en esta entrada son traducción libre de pasajes del libro Ratowanie. Opowieści Polaków i Żydów, editorial Wydawnictwo Literackie, Cracovia, 2010).

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2 comentarios en “Salvadores y salvados: Ratowanie, de Jacek Leociak

  1. No se te puede agradecer bastante el largo trabajo que has tenido que invertir, y tan desinteresadamente, para hacernos llegar en español la reflexión sobre un asunto que sigue siendo tan espinoso y que, creo, Leociak matiza justamente. Por ello, mil gracias una vez más. Me he emocionado leyéndote, imaginándote traduciendo casi “a la luz de las velas” y digo esto porque me has recordado, en tu vocación por contarnos, a quienes hace muchos años escribieron también, en circunstancias tan dramáticas, su propia historia. Sobre el guiño, mil gracias a ti 🙂

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